
Pero bueno, ansiosa desde chiquita, la paracaidista de la familia (denominada así por mi hermano, debido a la sorpresa de mi nacimiento) nació, cuando menos lo esperaban, en el Hospital Antártida, lugar que ya en los brazos de mi madre, no hizo honor a su nombre.
Desde ese momento, en mi vida siempre hice las cosas apuradas, ades tiempo. Mi papá podría apostar su vida, que nací hablando, ya que no recuerda mis momentos en silencio. Comencé a caminar tan rápido como pude, y siempre queriendo escapar hacia alguna dirección, (creo que esa sensación nunca la perdí).
A mis dos cortos deditos de edad fui corriendo en busca de algo nuevo, así entré en un bosque lleno de flores, juegos, chicos, golosinas, letras números y dibujos. Pronto entendí que ese era el jardín, donde cambié amigos que sólo yo veía, por reales (aunque de vez en cuando alguno de ellos me visitaba).
Siempre muy femenina, prefería dejar las muñecas y los juegos de “Susanita” para otro momento, y salir a jugar con los “chicos” (así denominaba yo a mis 5 años a las bestias que eran los amigos de mi hermano, a sus 16 años) o demostrar mis dotes artísticos en las blancas paredes de mi casa.
Y así comenzó la primaria, entre tizas y pizarrones, comencé a torturar a mi papá con mi supuesta vocación (que no sé donde quedó) de maestra y él sin opción alguna tuvo que hacer de alumno. Mi gran aptitud de docente desapareció y me quise convertir en una gran pediatra (pero a nadie, se le hubiese ocurrido cometer el delito de darme tal título), así que desistí de esta carrera a mis 9 años. Creyendo que ya no había otra carrera para mi vida, (situación difícil ya que quedaba mucho por decidir y conocer), quiese ser ama de casa, secretaria, esposa de Ricky Martin, cocinera, doctora (otra vez) ya convencida de que Ricky Martin no iba a venir a la Argentina a casarse conmigo, periodista, locutora, y todas las carreras habidas y por haber, sin saber aún hoy en que carrera aterrizará mi paracaídas.
Entre música y estilos diversos pasé: de escuchar Bandana a Los Redondos (cambio abrupto si los hay), de las peleas por las muñecas, a las verdaderas peleas con amigos, y dejé a Ricky Martín por los amores verdaderos, así me dí cuenta de que ya no era una nena, era algo peor… UNA ADOLESCENTE. Y volví, de repente a sentirme como en el jardín, otra vez en busca de algo nuevo. Allí aparecieron los amigos de la vida, la secundaria, los profesores que dejan huellas, los que mejor es olvidarlos, el primer recital, las primeras grandes salidas, los gritos, portazos, llantos, risas, y demás sentimientos encontrados, inentendibles e inexlicables.
Luego de 17 años, me dí cuenta de que realmente mi paracaídas nunca aterrizó, sino que atraviesa constantemente un largo camino, y que ojalá dentro de unos años, me encuentre otra vez, una noche como hoy, contándoles como sigue el gran viaje de mi vida.
Andrea Tófalo 5º A